miércoles, 12 de mayo de 2010

pd,

El desarrollo

El puente sin río.
Altas fachadas de edificios sin nada detrás.
El jardinero riega el césped de plástico.
La escalera mecánica conduce a ninguna parte.
La autopista nos permite conocer los lugares que la autopista aniquiló.
La pantalla de la televisión nos muestra un televisor que contiene otro televisor, dentro del cual hay un televisor.

E. Galeano en Patas Arriba, la escuela del mundo al revés.

domingo, 9 de mayo de 2010

Ese grito*


Soledad; indiferencia; máquinas; deseos; temores; mayores perspectivas; soles; noches; guerras; trabajo mal pago; cuentos sin final; malos tratos; corazón solitario; corazones cansados; soledades; crisis; Vida Moderna; niños; almas sensibles.
¿Qué grita el que grita? ¿Todo esto tal vez? ¿Por todo esto tal vez?
Ojos que observen, manos que hagan, mentes que recuerden, bocas que besen, hombres que lloren, almas que sientan.
¿Pide esto tal vez?
Un puente de madera largo y alto, sugestivamente alto, caminado mil veces; el mismo mar expectante de siempre; barcos, intermediarios inconscientes y victimarios a la vez: algo traen, algo se llevan también; hombres indiferentes, quiénes si no; un cielo testigo a través de siglos, pobre cielo; y un corazón condenado a seguir latiendo.
¿Qué grita el que grita?
Todo esto, tal vez.

*a partir de una obra que siempre me impresiona y de un tema que siempre tengo en la mente.

lunes, 22 de febrero de 2010

Las malas palabras

La lengua es pura convención, la atraviesan algunas leyes y algunos caprichos, pero es esencialmente fruto de un acuerdo social.
Por eso, es fundamental revisarla. Y es fundamental pensarla antes de emplearla.
La guerra de los medios; hijo de puta; puto; negro de alma; anarquía y caos vehícular; el parto de esperar; otra vez la inseguridad; mogólico; el descubrimiento de América; villero; judío de mierda; etc.
Me pregunto cuántas palabras utilizamos de forma automática, sin pensarlas ni una sola vez.
Las construcciones dichas sin reflexionar y reiteradamente son siempre lugares cómodos y desafortunados, representan esa zona muerta del pensamiento: términos y frases pésimamente utilizadas, corridas de su sentido original por completo.
¿Cuántas veces leemos o escuchamos la palabra guerra?, ¿y realmente podemos justificarla, podemos defender cada vez que se la utiliza?, ¿realmente podemos pensar que las escaramuzas mediáticas, por ejemplo, se tratan de una guerra?
¿Esperar es parir? ¿Cuántas madres dirán lo mismo?
Me parece que es necesario volver las cosas a su lugar: una guerra es una guerra y parir es parir.
¿Cuál es el problema de ser hijo de una puta?, ¿ser una puta, realmente es un problema? Desconozco quién realmente elije ese oficio y cuántas son víctimas de otros, pero como sea: qué es lo que no entendemos de que cada quien hará la vida que quiera o la que pueda y que ha de ser respetado por ella. Quién es quién para desacreditar una actividad y cargarla de menosprecio.
¿El color de piel también es insultante? ¿O llevar adelante una tradición religiosa o pertenecer a una etnia en particular implica ser un insulto, llevar en sí mismo un agravio? ¿Mi vivienda también lo es?
¿La elección sexual que hacemos, tampoco puede permanecer exenta de críticas?, ¿también debe ser expuesta a la miseria ajena?
¿En qué momento entendimos que anarquía es desorden?
¿De qué hablamos exactamente cuando empleamos el término inseguridad? ¿No deberíamos decir violencia? Porque ¿qué es después de todo exactamente el sentimiento de inseguridad?, ¿no se trata de otra cosa?
El descubrimiento de América: ¿Descubrimiento para quién? ¿Cuál es la perspectiva en esta frase? ¿Quién es el que habla acá? Cuidado.
En cuántas ocasiones nos hallamos repitiendo tal retahíla de frases vacías. Y por qué.
Hay algo de soberbia, de despotismo. Pero hay también algo de inconsciencia.
No está mal la evolución: generar cambios en el paradigma lingüístico que una comunidad conforma, otorgándole nuevo sentido a los términos de siempre. Pero es indispensable trazar una trayectoria justa.
Privilegiar un concepto en lugar de darle el espacio a otro, tomarse un momento antes de hablar y decir, elegir la reflexión sincera son las formas posibles para interrumpir este proceso de repetición uniforme, deforme y vago. Es una manera de ponerle un límite a lo que no va.
Qué sucederá con las palabras, finalmente, qué sobrevivirá de todo esto mañana, es algo que nadie puede saber. Pero sí es posible conocer ahora, saber en este mismo momento, el trayecto de nuestra próxima palabra. Determinar hacia dónde la dirigiremos, con qué sentido.
Prefiero hablar acerca de cómo hablamos y reflexionar de por qué será. Es una manera de conocernos como sociedad y es una forma de hacernos cargo de todo lo que generamos cada vez que nos expresamos, cada vez que nos volvemos a hablar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Fueguitos en construcción

Con ellas comienza mi año:

Jimena:
fragmento de Esa tristeza de Eduardo Mateo

[…]
Esa tristeza que cuelga
donde termina tu pelo
viene de un mar que ha secado
mientras soñabas anhelos.
Piensas,
vagas y piensas.
Yo sé muy bien lo que tienes
hay en tu vida un pasado
polvo que el viento no lleva
son tus recuerdo malos.

Romina:
Abracadabras

Existen dos hipótesis estrechamente relacionadas acerca de su origen:
Una posible fuente es del arameo: אברא כדברא avrah kahdabra que significa “lo más arriba”: "Yo creo como hablo".
Otra posible fuente es del hebreo: Aberah KeDabar: “iré creando conforme hable”.
En uno de sus textos, Eduardo Galeano la traduce del hebreo antiguo por: "envía tu fuego hasta el final".

Yvy:
fragmento de La historia de las miradas del Subcomandante Marcos

[…] Así aprendieron estos hombres y mujeres que se puede mirar al otro, saber que es y que está y que es otro y así no chocar con él, ni pegarlo, ni pasarle encima, ni tropezarlo. Supieron también que se puede mirar adentro del otro y ver lo que siente su corazón. Porque no siempre el corazón se habla con las palabras que nacen los labios. Muchas veces habla el corazón con la piel, con la mirada o con pasos se habla. […] Y todas las miradas aprendieron los primeros hombres y mujeres. Y la más importante que aprendieron es la mirada que se mira a sí misma y se sabe y se conoce, la mirada que se mira a sí misma mirando y mirándose, que mira caminos y mira mañanas que no se han nacido todavía, caminos aún por andarse y madrugadas por parirse.

Y continúa con ellas.
Y con las mujeres de mi familia.
Y con otras amigas.
Y con la frida.
Y con las esperanzas nuevas.
Y con las nuevas experiencas.

Que siga.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Tarde de domingo

Hoy se supone que me robaron.
Salí a comprar medio kilo de helado. Helado que, por exclusiva comodidad urbana, suelo pedir por teléfono pero que hoy preferí buscar para espiar qué era del día.
Al regreso, me crucé con dos muchachos de unos catorce o quince años. Uno estaba siguiendo de largo pero el otro se detuvo frente a mí, por lo que me detuve yo también, asumiendo que me pediría algo, dinero u hora. Antes que nada los miré a los ojos y los saludé, espontáneamente, con costumbre, como hago con toda la gente. Y con un voz apenas audible, como si tuviera vergüenza de ser dicha, me preguntó si no tenía un “billete” para darle, mirando de rehojo la bolsa con el helado y diciéndome, rápida e incómodamente, que “nada me iba a pasar”, frase que me llegó más tarde. “Sí, claro. Cinco mangos, te parece bien?”. Volvió a mirar mi bolsa y con cierto impulso de fastidio, pienso, me dijo: “Mirá, no te voy a sacar el celular ni nada. Me podés dar otro billete...”, con el mismo tono bajo e incómodo de un comienzo. Ahí ya me fastidié yo y le expliqué que no tenía por qué sacarme nada. Que como tenía otro billete no tenía problema en darle otro, así que se lo dí y lo saludé por última vez. “Gracias, señorita”. Y se fue.
Entiendo que fue todo tan rápido, tan poco claro y tan extraño para mí como para ellos.
Al retomar mi camino a casa, pensé en esa brevísima situación, en ese barullo: el nerviosismo del chico que me había hablado (que, incluso, en algún momento soltó la palabra “hermanitos”); el mutismo del compañero que, en un principio, había seguido de largo; el hecho de que me pararan a cinco pasos de un puesto de flores abierto, una tarde paseandera de domingo; en la mirada de tristeza de uno de ellos, en la mirada rencorosa del que me hablaba.
Y al llegar a casa y sacar la llave y abrir la puerta de calle y al entrar y oler mi casa y ver la tele encendida y mi gato durmiendo y al dejar las llaves, la billetera y el helado sobre la mesa, pensé.
Pensé que para C5N yo habría sido otra víctima de la inseguridad.
Pensé que para un sociólogo yo sería responsable de un futuro delito mayor.
Pensé en cuántos pensarían ridiculeces acerca del rumor de esa misma situación.
Pensé cuántos no tenemos ni idea de cuántos tipos de miradas existen: qué mirada sería la mía para ellos.
Pensé que tal vez ni los chicos ni yo habíamos entendido nada de lo que había ocurrido esta tarde.

imagen: Banksy

domingo, 8 de noviembre de 2009

Enrique

Ultimamente, me digo mucho, cómo es la vida, no? Y a cada rato también que por qué no? Voy de ese lugar (común) al otro. Pero no lo puedo evitar. Depende de mi día diario: de qué escuché ese día, de qué hablé con quién esa mañana, de qué cosa vi en dónde.
Y me respondo habitualmente lo mismo: que la cosa es así, “complicada” o que la vida es así, “simple”. Depende de mi día diario también: de mi energía del jueves por la tarde o de mi pesimismo del lunes por la mañana; de en qué lugar me encuentre la tarde del domingo o de qué cosa esté haciendo al comienzo del sábado.
Lei por ahí, hace muy poquito: Basta de mañana, no sé quién lo estampó y a qué quiso referirse con eso exactamente, ni me importa. Porque a mí me sirve así: a mi libre juicio.
“Mañana”, cuántas veces me habré dicho lo mismo, y cuántas veces me pareció bien. Cuántos han hecho de esa palabra (y de ese concepto) una forma de vida: suponiendo que “mañana” era un día mejor.
No sé si vida hay una sola, no sé si vidas hay muchas. No sé si el tiempo es por naturaleza lineal o si lo es circular. No sé si el tiempo tiene naturaleza.
Pero creo que nada tenemos más concreto que el presente: el día de hoy es lo que andamos, lo que respiramos, lo que vemos, lo que palpamos. Entonces, por qué no.
Conozco a alguien de muchos, muchos años. Su historia me llegó durante toda mi vida de a partes. Y aún hoy, cuando continúo sin tenerla completa, me ayuda a pensar esto.
Vanidoso, miedoso, evasivo, vive así: “mañana” es un concepto que sintetiza su destino; “otro día”, “después”, son términos que ha usado mucho.
Incoherente, ha elegido a una mujer para vivir con ella toda su vida, sin amor; irremediablemente ha elegido a otra para quererla siempre y morirse sin ella.
Indeciso, no se decide a vivir, tampoco se decide a morir.
Tal vez, pienso, quiere cambiar algo; pero, pienso enseguida, a la vez y aún, sigue sin animarse a hacerlo.
Qué paradoja, me digo, qué absurdo.
Y pienso en cuándo nos decidiremos a ser otras y otros de estos que venimos siendo.
Cuánto tardaremos en valorar nuestras ganas de ser.
Cuándo dejaremos de pensar, cuándo haremos.
Y vuelvo a decirme, cómo es la vida, no?

jueves, 15 de octubre de 2009

La gente y la religión


Porque no quieren estar solos;


porque necesitan una disciplina;

porque necesitan una causa;

porque así creen que debe ser.

























Ni fuerza,
ni energía,
ni orden,
ni dios.


Las personas: libres y distintas.